Lactancia materna

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La leche materna es asombrosa; tiene todos los nutrientes que un bebé necesita en los primeros seis meses de vida.

Los beneficios para el bebé son impresionantes: tasas más bajas de alergias, de infecciones de oído y pulmón, de obesidad y de muerte súbita del lactante, así como un aumento de peso más saludable y otros resultados positivos a largo plazo.

Estas ventajas se han contrastado con datos de los bebés a los que se les da leche de fórmula.

Las madres también pueden beneficiarse de la lactancia materna.

Reduce las hemorragias uterinas, quema calorías y disminuye el riesgo de cáncer de mama, ovarios y útero, así como de osteoporosis, artritis, diabetes de tipo II y cardiopatías.

Por último, la lactancia materna es gratuita y ofrece a las madres y a los bebés una valiosa oportunidad de establecer un vínculo afectivo desde el primer contacto piel con piel, que debería comenzar minutos después del nacimiento.

Para entender la lactancia, empecemos por describir las mamas.

El tejido mamario se desarrolla durante la pubertad y está formado por tejido adiposo o graso, así como por tejido glandular que produce la leche, y por conductos galactóforos que sirven de paso para guiar la leche hasta el pezón.

Al acercarse al tejido glandular se encuentra el alvéolo, que es una glándula sudorípara modificada constituida por células alveolares que se encargan de la producción de la leche materna en sí.

Alrededor del alvéolo hay unas células mioepiteliales especiales que presionan hacia abajo y empujan la leche fuera del alvéolo, por los conductos galactóforos y por uno de los poros del pezón, momento en el que entra en la boca del bebé.

Cuando las mamas están llenas de leche pueden llegar a ser pesadas, y unos ligamentos suspensorios llamados ligamentos de Cooper ayudan a mantenerlas contra la pared torácica.

Durante el embarazo, la placenta libera lactógeno placentario humano y progesterona, y la hipófisis anterior libera prolactina; estas tres hormonas estimulan el crecimiento de más tejido glandular y preparan las células alveolares para producir leche.

Sin embargo, aunque las mamas son capaces de producir leche a mediados del embarazo, las altas concentraciones de progesterona asociadas a la gestación impiden la bajada de la leche.

Por eso, durante el embarazo, las mamas no liberan leche, salvo algunas pérdidas ocasionales por los pezones.

En general, las mamas aumentan de tamaño, la zona que rodea al pezón, llamada aréola, empieza a oscurecerse y las glándulas areolares, también llamadas glándulas de Montgomery, que parecen protuberancias en la aréola, empiezan a producir líquido lipoide que hidrata el pezón.

Sin embargo, una vez que el bebé ha nacido, la placenta también se expulsa, por lo que la progesterona de la placenta desaparece y la leche comienza a fluir.

Sin embargo, al principio las mamas no producen leche, sino calostro, que es un líquido amarillento rico en células inmunitarias y anticuerpos, pero con poca grasa.

El calostro recubre el tracto gastrointestinal del bebé y tiene un efecto laxante, lo que ayuda al neonato a evacuar las primeras heces, que se llaman meconio.

Pocos días después del parto, las mamas comienzan a producir leche que, en relación con el calostro, tiene un contenido de grasa mucho mayor.

De hecho, la cantidad de grasa en la leche también varía durante una sesión de alimentación.

Cuando la leche se asienta en el pecho, los glóbulos de grasa se adhieren a las paredes alveolares, en lugar de pasar a los conductos galactóforos.

Por eso, cuando el bebé empieza a alimentarse y toma la leche que estaba primero en los conductos galactóforos, esa leche tiene un contenido relativamente bajo de grasa.

Sin embargo, el proceso de lactancia aumenta el flujo de leche, y esos glóbulos de grasa son arrastrados a los conductos galactóforos, lo que hace que el contenido de grasa de la leche aumente constantemente a medida que la sesión continúa.

La leche materna también contiene lactosa, vitaminas, micronutrientes y varias proteínas, como la caseína y los anticuerpos maternos.

Lo más importante es que contiene IgA secretora, que complementa el sistema inmunitario gastrointestinal del bebé.

La cantidad de vitamina D en la leche materna suele ser insuficiente para la salud ósea, y esto se debe a que, en la vida moderna, los recién nacidos están mayoritariamente en interiores, por lo que a menudo necesitan un suplemento de vitamina D.

La bajada de la leche es un reflejo condicionado, y suele empezar cuando el bebé se agarra al pecho y lo succiona.

Un buen agarre es aquel en el que la boca del bebé está bien abierta, cubriendo la aréola con los labios hacia fuera, el pezón contra el paladar y la lengua del bebé contra el fondo de la aréola.

Los mecanorreceptores del pezón perciben esta estimulación y envían una señal a través de los nervios intercostales al ganglio de la raíz dorsal, y luego por la médula espinal al hipotálamo.

Cuando el hipotálamo recibe esa señal ocurren dos cosas: en primer lugar, el hipotálamo bloquea las neuronas inhibidoras de prolactina para que no liberen dopamina, lo que permite a las células lactótropas de la hipófisis anterior producir prolactina.

En segundo lugar, el hipotálamo estimula a un grupo de células paraventriculares hipotalámicas para que produzcan oxitocina, que es enviada por el tallo hipofisario hasta la hipófisis posterior, donde se segrega.

La prolactina estimula la producción de leche de las células alveolares, y la oxitocina promueve la contracción de las células mioepiteliales, lo que empuja esa leche hacia los conductos en un proceso conocido como bajada de la leche.

Es interesante observar que, a veces, cuando un bebé llora, el sonido desencadena una señal en el cerebro de la madre que se envía al hipotálamo para iniciar también el reflejo de bajada de la leche.

Después del parto, las madres pueden producir cada vez más leche y, en la primera semana, el estómago del bebé empieza a estirarse y pasa del tamaño de un arándano al de una nuez.

Mientras el estómago del bebé es pequeño y la madre está produciendo calostro, es normal observar un descenso en el peso del bebé, pero normalmente no más del 7% del que tenía al nacer; sin embargo, en la segunda semana de vida suele haber recuperado completamente el peso perdido.

Fuentes

  1. "Medical Physiology" Elsevier (2016)
  2. "Physiology" Elsevier (2017)
  3. "Human Anatomy & Physiology" Pearson (2018)
  4. "Principles of Anatomy and Physiology" Wiley (2014)
  5. "Avoidance of bottles during the establishment of breast feeds in preterm infants" Cochrane Database of Systematic Reviews (2016)
  6. "Breast milk alkylglycerols sustain beige adipocytes through adipose tissue macrophages" Journal of Clinical Investigation (2019)
  7. "The functional biology of human milk oligosaccharides" Early Human Development (2015)