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El asma es una enfermedad respiratoria crónica caracterizada por episodios recurrentes de inflamación y obstrucción de las vías respiratorias, conocidos como crisis asmáticas, que provocan dificultades respiratorias, como tos seca, sibilancias y falta de aire.

Al respirar, el aire pasa por la nariz o la boca y desciende por la tráquea. Desde aquí, pasa a los bronquios primarios, que se ramifican en bronquios secundarios más pequeños, luego en bronquios terciarios y, finalmente, en los bronquíolos. Los bronquíolos conducen directamente a los diminutos alvéolos, donde se produce el intercambio gaseoso.

Las paredes de las vías respiratorias contienen células musculares lisas y tejido elástico que ayudan a que se abran y recuperen su forma cuando respiramos.

El revestimiento de las vías respiratorias incluye células epiteliales con pequeñas proyecciones en forma de cepillo llamadas cilios y células caliciformes, que producen moco pegajoso. El moco atrapa el polvo y otras partículas no deseadas, mientras que los cilios se mueven juntos en ondas coordinadas, empujando el moco y las partículas atrapadas hacia la garganta. Este sistema, conocido como escalera mucociliar, nos permite tragar o toser partículas extrañas. Si el moco atrapa un patógeno, las células inmunitarias de nuestras vías respiratorias intervienen para eliminar la amenaza.

Ahora bien, el asma se desarrolla cuando el sistema inmunitario de las vías respiratorias se vuelve hipersensible y reacciona de forma exagerada ante desencadenantes que deberían ser inofensivos. En función de la causa subyacente, el asma puede clasificarse en asma atópica y asma no atópica.

El asma atópica, también conocida como asma alérgica, es el tipo más común de asma. Suele comenzar cuando una persona inhala alérgenos como el polen o los ácaros del polvo. En lugar de ignorar estas sustancias inofensivas, el sistema inmunitario las identifica como amenazas. Como resultado, las células presentadoras de antígenos de la mucosa respiratoria capturan el alérgeno mediante un proceso denominado fagocitosis y lo descomponen. A continuación, presentan en su superficie algunos de sus fragmentos, conocidos como antígenos. Es su forma de enviar una señal al sistema inmunológico: "¡Tenemos un intruso!" Con estos antígenos, alertan a las células Th2 para que liberen unas citocinas proinflamatorias llamadas interleucinas, que indican a otras células inmunitarias que entren en acción.

La interleucina 5 activa a los eosinófilos para que se unan a la respuesta, mientras que las interleucinas 4 y 13 estimulan a los linfocitos B para que se diferencien en células plasmáticas. A continuación, estas células plasmáticas empiezan a producir anticuerpos IgE específicos del alérgeno, que se adhieren a los mastocitos. Este proceso se conoce como sensibilización, e inicialmente no provoca ningún síntoma. En cambio, prepara a los mastocitos para futuros encuentros.

Así, cuando el organismo vuelve a encontrarse con el mismo alérgeno, forma una reticula con este y la IgE en la superficie de los mastocitos, lo que desencadena la liberación de histamina y otros mediadores inflamatorios, como los leucotrienos y las prostaglandinas. Esta respuesta inmunitaria mediada por IgE se conoce como hipersensibilidad de tipo I.

La activación de mastocitos y eosinófilos se produce minutos después de la exposición a un alérgeno específico y representa el inicio de la fase temprana del asma atópica. En primer lugar, los mediadores inflamatorios provocan la contracción de las células musculares lisas, causando broncoespasmo y estrechamiento de las vías respiratorias. En segundo lugar, los pequeños vasos sanguíneos circundantes se dilatan y se vuelven permeables, provocando un edema local y estrechando aún más las vías respiratorias. En tercer lugar, la respuesta inflamatoria estimula las células caliciformes para aumentar la producción de moco espeso, que puede obstruir las vías respiratorias ya estrechadas.

A continuación, horas después de la exposición, se inicia la fase tardía del asma atópica. Durante esta fase, las células epiteliales liberan quimiocinas para reclutar más células inmunitarias al lugar. Estas incluyen más células Th2 y eosinófilos, así como neutrófilos, basófilos, linfocitos y monocitos. Mientras tanto, los eosinófilos liberan sustancias que también dañan el epitelio. Esta fase tardía puede durar horas tras la exposición, manteniendo inflamadas las paredes de las vías respiratorias mucho después de que desaparezca el desencadenante inicial.

Centrémonos ahora en el asma no atópica o no alérgica, que suele asociarse a infecciones respiratorias y a la exposición a contaminantes atmosféricos. Cuando un agente patógeno, como un virus, llega a las vías respiratorias, activa el sistema inmunitario y provoca una inflamación local. A medida que el sistema inmunitario lucha contra el patógeno, también daña el revestimiento epitelial circundante y las terminaciones del nervio vago que se encuentran bajo él.

Este daño hace que las terminaciones nerviosas sean excesivamente sensibles a irritantes que normalmente no provocarían una reacción. Así pues, además de los virus y los contaminantes, factores como el aire frío, el humo del tabaco o la actividad física pueden desencadenar estos nervios hipersensibles y provocar broncoespasmos. Puesto que en el asma no atópica no intervienen anticuerpos IgE, no representa hipersensibilidad de tipo I.

Fuentes

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